¿En qué momento empezamos a desarmar nuestra comida?
Hay algo que no hace sentido en nuestra forma moderna de comer, una gran paradoja. ¿Por qué desarmamos algo que está muy bien armado?
Le quitamos la piel al pollo y después compramos suplementos o cápsulas de colágeno. Dejamos de comer hígado y otras vísceras, pero buscamos hierro, vitamina B12 y otros micronutrientes en un multivitamínico. Comemos poco pescado graso por miedo a la grasa, pero tomamos cápsulas de omega-3. Refinamos cereales, quitándoles buena parte de su fibra, y después compramos fibra en polvo. Dejamos de fermentar alimentos compramos probióticos hasta en gomitas. Nos escondemos del sol, pero tomamos suplementos de vitamina D.
El problema no son los suplementos, son muy útiles y/o necesarias para algunas personas. La pregunta es ¿tiene sentido desarmar alimentos reales y completos para después intentar recuperar sus nutrientes por separado?
No somos sólo nosotros. Vivimos un ciclo impulsado por la combinación de conveniencia, economía de la industria alimentaria y marketing inteligente.
La nutrición no es palomear las vitaminas y los minerales en una lista, sino de cómo estos nutrientes trabajan juntos en armonía.
Las soluciones milagrosas son culturalmente atractivas. Creer que la salud se puede optimizar con una pastilla diaria en lugar del esfuerzo constante de elegir alimentos, cocinar en casa y poner atención a comidas equilibradas.
Combinado con la industria de los suplementos, que es muy buen negocio. Los anuncios se aprovechan de un punto sensible en nosotros: la culpa por llevar una mala alimentación, ofreciendo una solución rápida y comercializada.
Nos acostumbramos a comer sólo las partes que nos gustan
Un pollo se convirtió en pechuga sin piel.
Una res, en cortes suaves y sin hueso.
Un pescado, en un filete perfectamente limpio.
Un cereal, en una harina blanca y refinada.
Y poco a poco fuimos dejando atrás pieles, huesos, órganos, espinas, tejidos conectivos y otras partes que durante generaciones también fueron comida. No ocurrió de un día para otro. Buscábamos practicidad, sabor, rapidez, conservación y alimentos cada vez más fáciles de preparar. En ese proceso simplificamos y homogenizamos nuestra alimentación.
Queríamos alimentos más convenientes y terminamos comiendo menos nutrición del mismo alimento.
Antes se aprovechaba mucho más
Nuestros abuelos no hablaban de omega-3, microbiota, colágeno o densidad nutricional. Pero comían sardinas con espinas, preparaban hígado, hacían caldos con huesos, comían la piel del pollo, fermentaban para conservar alimentos, aprovechaban cortes que necesitaban horas de cocción.
Había algo muy sensato en esa manera de relacionarse con la comida: el alimento se aprovechaba mucho más completo.
Hoy tenemos un suplemento prácticamente para cada cosa. Colágeno para la piel. Probióticos para el intestino. Omega-3 para complementar nuestra dieta. Fibra para alcanzar lo que no estamos comiendo. Vitaminas y minerales para cubrir deficiencias. Y nuevamente: qué bueno que existen cuando los necesitamos.
Te invito a hacer otra pregunta antes de “¿qué suplemento me falta?”, sino “¿qué alimento dejé de comer?” Fortalecer nuestro cuerpo no tiene que ser agregando algo nuevo, sino recuperando algo que quitamos, como comer con un poco más de diversidad y un poco menos de miedo.
Un alimento es más que la suma de sus nutrientes
Nos acostumbramos a pensar la comida como una lista: Proteína. Grasa. Carbohidratos. Calcio. Hierro. Fibra. Vitaminas. Pero una sardina no es omega-3. Un hígado no es hierro. Un caldo no es colágeno. Son alimentos.
Después de décadas de separar, refinar, quitar, fortificar y para volver a agregar… quizá sea mejor y más sencillo: dejar de desarmar tanto nuestra comida.

