Tu comida pasa por más manos de las que crees
Es curioso, porque nunca habíamos tenido tanto acceso a alimentos… y al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan desconectados de ellos.
Imagina esto. Un filete de pescado sale del mar en la madrugada. Todavía huele a sal, a mar, a frescura. El pescador lo sube a su lancha, lo limpia y lo guarda en una hielera con aguahielo. Hasta ahí, todo es simple. Cercano. Real.
O un jitomate... No uno cualquiera, sino uno que todavía está en la planta, creciendo. Alguien lo sembró, lo cuidó durante semanas, lo regó, y está esperando el momento exacto para cortarlo. Ese jitomate, en ese instante, está en su mejor momento: fresco, vivo, lleno de sabor.
Pero ese no es el final de la historia. Es parte apenas el comienzo de su recorrido a tu plato
Ese mismo pescado o jitomate empieza un recorrido que casi nunca vemos. Pasa a manos de un intermediario que compra volumen. Luego a otro que distribuye. Puede viajar cientos de kilómetros hasta llegar a un gran centro de abasto. En la Ciudad de México, ese punto suele ser la Central de Abastos, uno de los mercados mayoristas más grandes del mundo, por donde circulan decenas de miles de toneladas de alimentos todos los días. Ahí, el pescado, jitomate, carne, pollo cambia de manos otra vez. Y otra. Y otra.
Cuando finalmente llega a un supermercado, ya no hay rastro del pescador, agricultor o ganadero. También su punto óptimo de frescura pasó hace unos días.
Y aunque sigue siendo “el mismo jitomate o pescado o pollo”, algo va cambiando en el camino: el tiempo pasa, la frescura disminuye y la conexión con su origen se pierde.
De dónde viene.
Cuánto tiempo pasó.
Quién lo produjo.
Y en qué condiciones.
Con las hortalizas como lechugas, zanahorias, espinacas también. Son alimentos delicados, sensibles al tiempo, la temperatura y al manejo. Entre más larga es la cadena, más probable es que lleguen con menos vida de la que tenían al inicio. Y en ese trayecto también ocurre algo que no vemos: el desperdicio.
En México, se estima que una parte importante de los alimentos se pierde o desperdicia a lo largo de la cadena de suministro, especialmente en etapas de transporte, almacenamiento y distribución. Muchas veces no porque no sean comestibles, sino porque no cumplen con estándares estéticos, porque se dañan en el traslado o simplemente porque no se venden a tiempo.
Ahora imagina otra escena.
Ese mismo pescado, pero en un camino distinto. Sale del mar en el Pacíficao, pescado por un pescado mexicano de Punta Abreojos en Baja California Sur se cuida su manejo desde que sale del agua. Se filetea y congela ese mismo día. Y en lugar de pasar por múltiples manos, toma una ruta más corta. Llega a un solo punto, a DILMUN en la CDMX… y de ahí, directo a tu casa.
Eso es lo que hacemos en DILMUN.
Trabajamos directamente con productores, pescadores, ganaderos. Ellos entregan sus productos en nuestro almacén (muchos de sus productos los traen a restaurants en la CDMX, así de buenos son!)y, desde ahí, los llevamos a tu casa. Sin pasar por manos y manos de intermediarios. Sin perder de vista el origen.
No es un sistema perfecto, y seguimos aprendiendo y ajustando. Pero es un paso hacia algo más simple: que la historia de tu comida no se pierda antes de llegar a ti. Sin romantizar el campo sino algo más simple: acortar la distancia entre quien produce y quien consume. Y visibilizarlo.
Porque cuando el camino es más corto, pasan cosas importantes. Hay más frescura. Más claridad. Más conexión.
Y, poco a poco, también cambia la forma en la que eliges.
La próxima vez que tengas comida frente a ti, vale la pena preguntarte:
¿por cuántas manos pasó esto antes de llegar aquí?
A veces, entender el camino… es lo que cambia todo


